
En el sur de Noruega se encuentra Mandal y, aparte del mar y sus maravillosas playas, llama la atención ver su orden y estética, sobre todo en el sector antiguo. Lo más curioso de este lugar es la cantidad de casas blancas, como si hubieran sido hechas para una exposición.
Se podría pensar que es una estrategia para atraer turistas, pero no, detrás de esto hay una historia de poder adquisitivo y prestigio.
La pintura blanca era más que estética en Mandal
Para entrar en contexto debemos ir a los siglos XVIII y XIX. En este tiempo, la pintura blanca era un lujo, ya que era elaborada con plomo y aceite de linaza, unos componentes muy costosos.
Como los tonos ocres o rojos eran más económicos, estos eran utilizados por pescadores y trabajadores de la población. Ahí comenzaba a marcarse la diferencia de status que era común en la época.
Al pasar de los años, la pintura de color blanco se abarató y quedó al alcance del bolsillo de todos sus habitantes, creando la oportunidad perfecta para que todos, tan solo pintando sus casas, pudieran estar a la par con la élite del pueblo.

El orgullo de una tradición
Lo que empezó tal vez como una imitación a la clase privilegiada de la época, terminó siendo una regla que se debe respetar, pues hoy hay normas estrictas relacionadas con la conservación de las fachadas -especialmente en la parte céntrica del pueblo-.
Por tradición, y como si fuera una ceremonia de cada verano, es común ver que sus habitantes salen con orgullo -armados con brochas y lijas- a hacer el mantenimiento de sus casas.
En Mandal, un lujo de antaño se convirtió en patrimonio, y ese impecable blanco, sigue siendo una identidad colectiva de más de 200 años.

