El Redondo: el hambre insaciable de Ninnin

Esta es otra de las cincuenta historias de la obra “El pueblo invisible”.

Este es Rever, un lugar donde el profundo frío parece gozar de su propia personalidad. Ahí hay muchas personas que son recordadas por sus espectaculares proezas y otras por sus maldades. De estas últimas hacia parte Ninnin, aunque él estuvo siempre convencido de pertenecer a las primeras. Venía de un ejemplar hogar, su padre un comerciante honesto y trabajador, su madre una hacendosa ama de casa, él creció entre arrumes de mercancía y estrictos sermones sobre disciplina, ahorro y trabajo duro. Pero con él crecieron muchas habilidades en especial la del desorden. Mientras otros niños soñaban con aventuras, él soñaba con pan caliente, bollos recién hechos y cualquier cosa que pudiera comerse sin culpa. Ese fue su primer acto de rebeldía: combatir la dureza del norte con carbohidratos.

Cuando cumplió la mayoría de edad, sus padres lo enviaron a Bergen con la esperanza de que el aire húmedo del sur le enderezara el carácter. Allá trabajó en bodegas, panaderías y hasta en un pequeño café donde aprendió a preparar bollos de cardamomo que, según él, podían reconciliar a cualquiera con la vida. Pero la ciudad también le mostró un mundo de tentaciones que no supo manejar. Ninnin tenía un talento especial para gastar lo que no tenía y para inventar excusas que sonaban convincentes hasta que llegaba la factura. Entre comidas abundantes, noches largas y amistades dudosas, su salario se evaporaba antes de llegar al bolsillo.

Cuando las deudas empezaron a perseguirlo, decidió regresar a Rever con un discurso de redención que ensayó durante todo el viaje. Prometió que esta vez sería distinto, que abriría un pequeño negocio, que pondría en práctica lo aprendido en Bergen. Y por un tiempo, casi lo logra. Sus bollos de cardamomo se volvieron famosos en el pueblo. La gente decía que tenían algo especial, como si cada uno llevara escondido un recuerdo cálido en medio del invierno. Ninnin parecía haber encontrado su camino.

Pero la indulgencia es un hábito difícil de enterrar. Lo que ganaba lo gastaba en ingredientes caros, en cenas improvisadas, en caprichos que justificaba con frases ingeniosas. “La vida es corta”, decía. “Y más corta en Rever”. Su panadería improvisada empezó a tambalear. Los proveedores dejaron de fiarle. Los vecinos comenzaron a notar que su sonrisa ya no alcanzaba para tapar los huecos de su economía.

Un día, sin previo aviso, Ninnin desapareció. No hubo despedida, ni carta, ni explicación. Solo quedó el aroma persistente de cardamomo impregnado en las paredes y un rastro de deudas que nadie quiso reclamar. En Rever, donde los finales suelen ser silenciosos, su ausencia se convirtió en un rumor más del invierno. Algunos dicen que volvió a Bergen. Otros aseguran que se fue aún más al sur, buscando un clima que no lo obligara a enfrentarse a sí mismo.

Lo cierto es que Ninnin fue un recordatorio viviente de algo que todos en Rever saben, pero pocos lo admiten: en un lugar donde el invierno exige sobriedad, intentar ser blando es otra forma de quebrarse. Su historia quedó flotando en el aire, como el olor de sus bollos, dulce y triste al mismo tiempo. Y aunque nadie lo diga en voz alta, cada vez que el viento trae un aroma a cardamomo, más de uno piensa que Ninnin, el Redondo, todavía anda por ahí, tratando de llenar un hambre que nunca fue solo física.

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