
El petróleo convirtió a Noruega en una de las naciones más prósperas del mundo. Pero ahora, el negocio de las inversiones y la minería promete aumentar sus ingresos como nunca antes.
El petróleo de uno de los países más ricos del mundo
Pocos pueden contradecir el hecho de que la prosperidad noruega se disparó desde 1969, cuando el país confirmó poseer una de las reservas de hidrocarburos más importantes de Europa. Se estima que desde 1970 al 2015, la explotación de hidrocarburos aportó al PIB noruego el equivalente actual de 2,6 billones de dólares, una cifra que supera el PIB anual actual (2025) de naciones como Rusia, Italia, Canadá o Brasil, en una nación con apenas unos 5,5 millones de habitantes.
Tras los acontecimientos de la guerra en Ucrania, desde finales de 2022, Noruega se convirtió en el principal proveedor de gas de la Unión Europea (cubriendo hasta el 40% de la demanda del continente), y uno de los principales de petróleo. La subida de los precios por la guerra le generó ingresos récord, y ahora, con el conflicto entre EE.UU e Irán en el estrecho de Ormuz, el gobierno Noruego ha elevado su estimación de ingresos por petróleo a 78.380 millones de dólares para 2026, más de 14 mil dólares por habitante.
Un país que no quiso ser dependiente del petróleo
Si bien la prosperidad actual de Noruega se debe en gran parte a los ingresos petroleros, otra buena parte de ello proviene de la buena administración que los gobiernos le han dado a los mismos. A diferencia de otras economías petroleras, donde estos ingresos se gastaban con la misma celeridad que ingresaban, Noruega decidió en 1990 conformar el actual Fondo Global de Pensiones de Noruega, también conocido como Fondo Soberano.
El fondo es alimentado con una buena proporción de lo ingresado por las ventas petroleras, y tiene los objetivos de ahorrar para futuros tiempos más difíciles, asegurar la pensión de los ciudadanos y evitar la Enfermedad Holandesa, es decir, impedir que el éxito petrolero merme la competitividad de las otras industrias nacionales. El fondo aporta al presupuesto nacional, pues el gobierno puede usar hasta un 3% del valor del fondo cada año.
El dinero ahorrado no se deja quieto, más bien lo contrario. Se invirtió en miles de empresas y compañías a nivel mundial: más de 7.200, llegando a poseer aproximadamente el 1.5% de todas las compañías cotizadas del planeta. Desde su apertura el valor de capitalización del fondo no ha parado de crecer, lleva años ocupando la primera posición como el fondo soberano más grande del mundo, y para principios de 2026 su valor está estimado en 2.1 billones de dólares (más de 380 mil dólares por habitante).
Para el año 2025 Noruega ingresó 246.480 millones de dólares a raíz de las ganancias obtenidas con el fondo de inversiones, casi 45.000 dólares por habitante. Así, Noruega ya gana varias veces más del dinero que tiene invertido, que de lo que obtiene directamente del petróleo.

Dos nuevos golpes de suerte desde el subsuelo nórdico
Parece que Noruega es un país con estrella. En el siglo XX, la era del petroleo, encontró los yacimientos que supo administrar y que la convirtieron en uno de los países más ricos del mundo, con una fortaleza económica incluso más grande que países como Reino Unido o el mismo Estados Unidos. En el siglo XXI, en pleno inicio de la era digital y la carrera por la dominación de las tierras raras, Noruega encuentra en el sur del país lo que sería la reserva más grande de tierras raras de Europa y una mina de fosfato que igualaría las reservas mundiales restantes.
Los geólogos noruegos publicaron en 2018 el hallazgo de las minas de Rogaland: una reserva de 70 mil millones de toneladas de fosfato (las reservas totales mundiales eran de 71 mil millones para entonces). El valioso material raro es usado en la pujante industria de autos eléctricos, así como en la necesaria y demandada producción de fertilizantes, ambas industrias multimillonarias y con previsiones de crecimiento sólido a futuro a nivel mundial. El valor del fosfato en la mina podría ser varias veces mayor al fondo soberano.
En las tierras raras de Fensfeltet, Noruega cuenta con unos depósitos totales de óxidos de tierras raras (TREO) estimados en 8.8 millones de toneladas, se estima que habrían 1,5 millones de toneladas de material magnético utilizable para fabricar carros eléctricos y turbinas eólicas (estimación de 2024).
Extracción con responsabilidad
El CEO de la empresa de tierras raras de Noruega (REN) ha expresado que trabajan en conjunto con universidades para “desarrollar el yacimiento con la tecnología de extracción y procesamiento de minerales más sostenible del mundo, minimizando la huella ambiental desde la mina hasta el imán”. De lograr esto último, y de vencer las resistencias locales debidas a las justas preocupaciones ambientales, Noruega podrá posicionarse como el aliado esencial y primordial de Europa en la provisión de materias primas para el cambio energético.
Una posición envidiable para cualquier país, y que sin duda le traerá garantía de prosperidad y estabilidad económica cuando cierre los grifos de los pozos petrolíferos. Pero que no se piense que esto es un mero asunto de buena fortuna, porque si algo puede aprenderse del gran éxito económico noruego, es que antes que la suerte, lo que más vale es la gestión planificada, previsora, sensata e inteligente de los recursos disponibles.



